Mi nuevo artículo en la revista homonosapiens: Sobre el autoconocimiento
Oímos hablar frecuentemente sobre el autoconocimiento,
de su importancia y de la multitud de virtudes que puede aportar a las
personas que llevan a cabo un trabajo de estas características. Pero,
¿qué es el autoconocimiento? En la actualidad se aborda desde diferentes
disciplinas, enfoques y metodologías, lo que lleva a una concepción del
trabajo de autoconocimiento muy amplia y difusa. En este artículo, lo
abordaremos desde un contexto filosófico, y en particular, desde la
Filosofía sapiencial.
Antes que nada, me parece necesario desvincular el autoconocimiento
filosófico de un tipo de autoconocimiento que se ha popularizado mucho
en estas últimas décadas, en el que opera una instrumentalización de
este conocimiento para conseguir bienestar y paliar el sufrimiento.
Estos objetivos, aun siendo del todo legítimos, se hallan muy alejados
de lo que es el autoconocimiento filosófico. Este tipo de
autoconocimiento se «vende muy bien» bajo la promesa de resultados
rápidos y eficaces, todo ello sazonado con la idea de que la felicidad
se puede adquirir bajo el dictamen de nuestra propia voluntad,
ocasionando en la mayoría de ocasiones sentimientos de culpabilidad
cuando no nos sentimos felices. Una propuesta, por tanto, impositiva y
autoritaria, que va en consonancia con la obligación de ser feliz, lo que algunos han llamado happycracia, término acuñado por Edgar Cabanas y Eva Illouz en un ensayo que lleva por título dicha palabra. Así dicen:
«Ahora la felicidad se considera como un conjunto de estados
psicológicos que pueden gestionarse mediante la voluntad; como el
resultado de controlar nuestra fuerza interior y nuestro auténtico yo;
como el único objetivo que hace que la vida sea digna de ser vivida;
como el baremo con el que debemos medir el valor de nuestra biografía,
nuestros éxitos y fracasos, la magnitud de nuestro desarrollo psíquico y
emocional. Más importante aún, la felicidad ha llegado a establecerse
como elemento central en la definición de lo que es y debe ser un buen
ciudadano».
Después de esta matización, volvamos a la pregunta enunciada anteriormente: ¿qué es el autoconocimiento filosófico?
Esta cuestión la abordaremos haciendo referencia a un concepto
fundamental: la identidad esencial, que nos puede permitir ciertos
atisbos -no pretendo ser exhaustiva- de lo que es el autoconocimiento
filosófico. Partimos de la premisa de que queremos alcanzar un
conocimiento, no de cómo somos sino de quiénes somos.
En la historia de la filosofía se remite al autoconocimiento en estos
términos, desde los mismos presocráticos y, de forma explícita, en
Sócrates. Platón lo expresa en su obra Alcibíades, en
boca de Sócrates en diálogo con Alcibíades, un joven que aspira a la
política. Trata de recordarle que, antes de ser gobernante, su primera
tarea como hombre es gobernarse a sí mismo, y no lo conseguirá si antes
no se conoce a sí mismo. A partir de aquí y a través del bellísimo símil de la vista explicará el significado de la sentencia del Oráculo de Delfos:
«Conócete a ti mismo». En este texto, cuando se habla de visión está
hablando de visión interior, y el autoconocimiento se entiende como
“mírate a ti mismo”. Y mirarse a uno mismo no es “mirarse el ombligo”
sino mirar lo que nos constituye esencialmente como seres humanos, que
es aquello que gobierna en nosotros y fundamenta nuestra singularidad. Y
aquello que gobierna en nosotros también es común en todos los seres
humanos, por lo que podemos “mirarnos” a través del otro desde ese lugar
común, no desde cualquier lugar. En el símil de la visión, la pupila
hace de espejo para la mirada del otro y, por tanto, el ojo se conoce a
sí mismo al reflejarse en la pupila del otro. En sus propias palabras:
«¿Te has dado cuenta de que el rostro del que mira a un ojo se
refleja en la mirada del que está enfrente, como en un espejo, en la que
llamamos pupila, como una imagen del que mira…? Entonces, mi querido
Alcibíades, si el alma intenta conocerse a sí misma ha de mirar a un
alma, y sobre todo, a la parte de ella donde reside su excelencia, la
sabiduría o algo parecido».
En esta interioridad compartida podemos reconocer a la divinidad: el conocimiento de sí. Según Platón, el trabajo de autoconocimiento, se da mediante una proyección hacia el otro,
es decir, a través de otra persona que abre un espacio apropiado de
comprensión espiritual en el que puede reflejarse la individualidad de
nuestro propio ser.
Si trasladamos todo esto a un lenguaje más coloquial y orientado a
nuestra vida cotidiana, entendemos que la identidad profunda y esencial
del ser humano no se reduce, pues, a nuestros pensamientos, emociones y
acciones sino a algo más originario que fundamenta y origina estos
mismos pensamientos, emociones y acciones. En el trabajo de
autoconocimiento lo que buscamos es “vivirnos” desde ese lugar que nos
trasciende y se manifiesta en nosotros. Para clarificar esta idea,
pongamos un ejemplo, si yo busco un autoconocimiento psicológico,
me quedaré en una indagación en la que mi identidad se identifica con
la fluctuación de mis emociones y de pensamientos. Si estoy triste me
identifico con la idea de ser una persona triste o depresiva, pero esto
no es del todo así, porque estos estados no permanecen y no pueden decir
mucho acerca de quién soy realmente. Lo mismo pasa con mis
pensamientos: el que piense que soy torpe, no quiere decir que sea
torpe, sino que me vivo como un ser torpe porque me he identificado con
el pensamiento de que soy torpe. Tampoco, en el mismo sentido, soy lo
que hago. Sin embargo, ¿quién soy sino soy ni mis pensamientos, ni mis acciones, ni tampoco mis emociones? Pues,
ese alguien que es, y que no deja de ser, pese a que, en algunas
ocasiones, se enfade, se muestra perezoso, torpe, poco sensible o se
sienta poco inteligente, porque como he dicho, esos estados fluctúan y
no nos definen esencialmente como personas. Y lo que queda, aunque se
quede atascado en múltiples recovecos, es un ser que anhela
desenvolverse hacia su propia plenitud.
El autoconocimiento desde el Enfoque sapiencial es una invitación a
“vivirnos” desde el ámbito del ser. ¿Cómo se hace este trabajo?
Partiendo de ver quiénes no somos, de sumergirnos bajo
esas capas en las que asumimos erróneamente que nuestros pensamientos,
emociones y acciones son los que constituyen nuestra identidad. Tapan
nuestra identidad real, ese lugar del que Platón nos hablaba en boca de
Sócrates, que es el alma, entendida como sabiduría y camino de virtud.
No se trata, pues de pensar sobre la tristeza que siento, haciendo un
análisis o haciendo un discurso teórico de ella, ni tampoco de
identificarse con la tristeza que siento como un ser triste, sino de sentir la tristeza que siento.
Sentir que siento tristeza no es lo mismo que sentirme triste. En ese
sentir que siento abro un espacio en el que me hago consciente de mi
propio sentir, desde dónde y cómo me relaciono con lo que siento. Sentir
que siento tristeza me permite ver lo que me digo y lo que me cuento y
ver las reacciones de esos juicios que enmarañan un sentir más profundo y
genuino. Me hace estar atento y no tan abducido por los deseos,
temores, necesidades, expectativas y miedos a los que me aferro. Me
permite gobernar lo que va sucediendo porque estar consciente de mi
sentir me permite focalizar en lo que sí puedo cambiar, afrontar y
comprender y, al mismo tiempo, aceptar lo que no puedo cambiar ni
controlar.
En relación íntima con la identidad esencial está, por tanto, nuestra sabiduría interior
porque la verdad, lo auténtico, lo más real, está en el interior de las
personas. En el autoconocimiento no nos basamos en un anhelo o amor a
la sabiduría que proceda de fuentes externas a nosotros mismos, ni
buscamos maestros que suplan o ninguneen la inteligencia intrínseca de
cada uno. Platón liga esta idea con el concepto de reminiscencia. En el Menón, Sócrates defiende que “conocer es recordar” y que el conocimiento implica un “reconocimiento”,
es decir, un recuerdo de las Ideas que el alma conoció antes de
encarnarse en un cuerpo. Aquí en este punto converge la idea de la
inmortalidad del alma con la de recordar quienes somos. La sabiduría,
por tanto, no es un estado nuevo, algo que tengamos que incorporar desde
el exterior, sino es el redescubrimiento de nuestra propia naturaleza.
Se trata de apartar el velo que oculta nuestro propio ser. Un velo que
se difumina cuando vemos claramente lo que tapa y obstaculiza nuestro
propio desenvolvimiento como personas. No es una eliminación sin más,
sino un mirar que permite ver el ser sin veladuras.
El autoconocimiento, entonces, es recordar lo que somos y hemos olvidado porque nos hemos aferrado a lo que creemos ser.
Despertar el recuerdo en nosotros de quienes somos a través de la
práctica de mirar hacia nosotros mismos -esa parte en la que podemos ser
amos de nuestra vida- y de contemplar a través de nuestra experiencia
lo que subyace más allá de ella. A partir de nuestras inquietudes,
temores y preocupaciones se halla el anhelo de un ser que quiere ser más
real, auténtico y pleno. No quedarnos, en definitiva, en la superficie
sino desde allí sumergirnos en el fondo del océano que palpita en
nuestro ser. Plotino, con la «simplicidad de su mirada» (Pierre Hadot) nos deja con estas bellas palabras que ilustran magistralmente esta idea:
«Regresa a ti mismo y mira: si aún no te ves bello, haz como el
escultor de una estatua que ha de salirse hermosa: quita, raspa, pule y
limpia hasta que hace aparecer un bello rostro en la estatua. También
tú, quita todo o que sea superfluo, endereza todo lo que sea tortuoso,
limpia todo lo que esté oscuro, abrillántala y no ceses de “esculpir” tu
propia «estatua» hasta que resplandezca en ti el divino esplendor de la
virtud, hasta que veas «la Sabiduría en pie sobre su sagrado pedestal»
¿Has llegado a esto? ¿Has visto esto?…[…] Si ves que te has convertido
en esto, convirtiéndose tú mismo en una visión al adquirir confianza en
ti mismo y ascender hacia lo alto, al tiempo que permaneces en este
mundo, sin necesidad ya de quien te guíe, entonces, ¡fija inmensamente
los ojos y mira!».